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Cumbre Vieja: cuatro años después, la herida sigue abierta

Cumbre Vieja: la herida que sigue abierta en La Palma

El 19 de septiembre de 2021, a las 15:11 horas, la isla de La Palma vivió uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. La tierra se abrió en la zona de Cabeza de Vaca, en el municipio de El Paso, y comenzó la erupción del volcán Cumbre Vieja, que durante 85 días expulsó ríos de lava, ceniza y gases, arrasando todo a su paso hasta el 13 de diciembre de ese mismo año. Fue la erupción más larga y destructiva que ha sufrido la isla desde que se tienen registros.

El impacto fue devastador: más de 1.200 hectáreas quedaron sepultadas bajo la lava, cerca de 3.000 edificaciones fueron destruidas y 7.000 personas tuvieron que ser evacuadas, muchas de ellas sin posibilidad de regresar jamás a sus hogares. Localidades enteras como Todoque desaparecieron del mapa, y las infraestructuras vitales de la isla —carreteras, puentes, conducciones de agua, redes eléctricas— quedaron gravemente afectadas. A ello se sumó la pérdida de cientos de hectáreas de plataneras, uno de los motores económicos de la isla.

A nivel económico, el desastre dejó unas pérdidas estimadas en 843 millones de euros, aunque la cifra real, teniendo en cuenta los daños emocionales, sociales y laborales, es imposible de calcular.

El hogar que nunca llegó

En los primeros días tras la erupción, las autoridades prometieron una reconstrucción rápida y ejemplar, asegurando que ninguna familia se quedaría sin casa. Sin embargo, cuatro años después, la realidad dista mucho de aquella promesa.

Muchas de las personas afectadas siguen viviendo en viviendas modulares, casas de madera o incluso contenedores, en condiciones que inicialmente se pensaron para unos meses y que, con el paso del tiempo, se han convertido en su única opción. Algunas familias, además, continúan pagando hipotecas de viviendas que quedaron sepultadas por la lava, mientras esperan ayudas que no terminan de llegar.

Actualmente, más de 90 familias residen todavía en casas contenedor, y decenas de afectados ocupan viviendas temporales que no ofrecen estabilidad. Cada aniversario de la erupción se convierte en una fecha amarga, en la que resurgen las protestas y las voces que exigen soluciones definitivas.

Promesas incumplidas y tensiones políticas

Tras el volcán, se activaron planes de emergencia y ayudas estatales y autonómicas, se creó un comité de reconstrucción y se movilizaron fondos europeos. Sin embargo, la burocracia, la lentitud administrativa y la falta de coordinación entre instituciones han marcado el proceso.

Uno de los momentos más criticados fue la caída del decreto ómnibus, que contenía medidas clave para la reconstrucción y el acceso a ayudas. Su paralización dejó en el aire la situación legal de muchas familias, que vieron frenados sus trámites justo cuando más los necesitaban.

A todo ello se han sumado escándalos como el uso indebido de casas contenedor, algunas de las cuales se subarrendaron ilegalmente mientras familias que lo habían perdido todo seguían en lista de espera. Estos hechos han provocado indignación y han acrecentado la percepción de que la reconstrucción no solo ha sido lenta, sino también mal gestionada.

El proceso, que debía haber sido un ejemplo de unidad y eficacia, ha derivado en una serie de tensiones políticas entre administraciones, partidos y colectivos ciudadanos, dejando a los afectados en medio de una maraña institucional que ha retrasado su vuelta a la normalidad.

La reconstrucción pendiente

Cuatro años después, el paisaje sigue mostrando cicatrices profundas. Zonas como Todoque permanecen sepultadas, carreteras importantes aún no han sido repuestas y hay áreas en las que la lava sigue marcando la vida diaria de los habitantes.

Además de la reconstrucción física, está el enorme reto emocional. Muchos afectados sufren estrés postraumático, ansiedad y depresión, tras haber perdido no solo su hogar, sino también sus comunidades y sus recuerdos. Psicólogos y asociaciones locales trabajan día a día para apoyarles, pero la sensación de abandono y la incertidumbre siguen presentes.

Aunque se han invertido millones de euros y se han habilitado ayudas, la ejecución de los proyectos ha sido más lenta de lo esperado. Esto ha generado desconfianza en la población, que reclama transparencia y rapidez para que los fondos lleguen realmente a quienes más los necesitan.

Cumbre Vieja: símbolo de resistencia y reclamo de justicia

El Cumbre Vieja no solo dejó una huella geológica en la isla, sino también una huella emocional y social. Su erupción puso a prueba la solidaridad de toda España, con una ola de apoyo que llegó desde todos los rincones del país. Sin embargo, con el paso del tiempo, la atención mediática se desvió y las promesas comenzaron a diluirse.

Para los palmeros, la reconstrucción no significa solo levantar casas nuevas, sino recuperar su dignidad y su forma de vida. Mientras muchas familias sigan sin un hogar estable y la burocracia continúe frenando las soluciones, la herida de la erupción seguirá abierta.

El volcán se apagó el 13 de diciembre de 2021, pero sus consecuencias aún arden bajo la superficie. La historia de Cumbre Vieja es la historia de un pueblo que resiste, que lucha por no ser olvidado y que reclama que las palabras de apoyo se conviertan, de una vez por todas, en hechos reales.

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