Esta mañana a las 11:30 h se inauguró en la Casa de la Bodega una exposición sobre las costumbres de despedida en Canarias, con presencia del concejal de Cultura, Naím Yáñez, en un acto cargado de sentimiento y respeto por el pasado.
Hoy abrimos una ventana a la historia emocional de Canarias. En la Casa de la Bodega, la nueva exposición sobre el luto tradicional nos devuelve la solemnidad de tiempos antiguos: maniquíes ataviados con vestimenta negra rígida, vitrinas repletas de cruces, rosarios y broches, y un ambiente que hace palpitar la memoria colectiva. El concejal de Cultura, Naím Yáñez, destacó que esta muestra permite «reconectar con nuestras raíces y honrar la forma en que se lloraba y se recordaba a quienes se fueron».
El luto en Canarias: más que vestir de negro
Valorar esta exposición implica abordar una realidad cultural compleja. En las Islas, el luto no era solo una elección estética, sino un ritual prolongado que marcaba un estado de duelo colectivo. Las mujeres, especialmente, se vestían de manera estricta: ropa negra total, pañuelos atados al mentón, mantillas y guantes para expresar dolor y respeto.
El luto masculino, por contraste, era más sobrio—en muchas ocasiones bastaban un sombrero negro o accesorios discretos como crespones o brazaletes.
Sorprende lo riguroso del luto: se extendía por años según el vínculo con el fallecido: más de doce meses, muchos años, o incluso de manera indefinida.
Tradiciones vigentes: finados, ranchos y simbología
En la noche del 1 de noviembre, se celebra en muchos hogares canarios la Noche de los Finados, una reunión íntima donde se encienden velas, se comparten castañas y vino, y se evoca a los seres queridos. También circulaban por las casas los Ranchos de Ánimas, grupos que cantaban y tocaban instrumentos por las almas de los difuntos, cuya aportación se utilizaba para oficiar misas.
Además, según la etnografía, ciertos animales o fenómenos naturales simbolizaban el luto. Por ejemplo, la presencia de aves negras anunciaba el fallecimiento inminente de alguien enfermo. Como ritual mágico, se tiraba un puñado de sal a la calle para espantar la desgracia.
El luto como ritual social organizado
Hacia los siglos XVIII y XIX, el luto estaba regulado por normas religiosas y sociales. El toque de campanas anunciaba muertes, diferenciando incluso por el estatus del difunto (mayor número de campanadas para más “importantes”). Además, la extremaunción y el viático eran prácticas esenciales para acompañar al moribundo, combinando lo religioso con el rito comunitario.
A comienzos del siglo XX, el luto se convertía en un estado de marginación social: la viuda quedaba relegada, muchas veces sin red económica, y tenía que asumir un rol nuevo dentro de la familia.
Emocionar para recordar
En estas fotos ves el espacio de la exposición: las salas blancas de la Casa de la Bodega, techos de madera, vitrinas elegantes y maniquíes que parecen detener el tiempo. Uno se conecta, inevitablemente, con historias personales: ¿mi abuela vestía así? ¿mi vecina contó algo parecido? En la inauguración, muchos susurraron esas palabras al oído: “Esto lo vivió mi tía abuela…”.
Las piezas son materiales, pero la sensación es emocional: ves una mantilla negra y piensas en una misa, ves un rosario y entiendes la espiritualidad, ves un sombrero y percibes la contención masculina del dolor. Eso es lo que hace especial esta exposición.
Palabras finales del concejal Naím Yáñez
Naím recalcó que “esta exposición no solo rescata trajes y objetos, sino historias, emociones, y formas de despedida que construyeron nuestra identidad”. Y tiene razón: no es solo historia, es memoria practicada y emocionada.
Esta exposición es más que ver piezas, es rememorar cómo las Islas veneraron la muerte, cómo organizaron el duelo y cómo actuó la comunidad. Vale la pena pasar por allí para sentirlo en primera persona.









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